17th Feb 2008

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    1. Dédalo era un arquitecto de gran renombre en Grecia. Con la esclava
      Naucrates, Dédalo tuvo un hijo: Icaro. A él le enseño todo. La escultura, la
      arquitectura y el ansia de libertad.
      El rey de Creta, Minos, le llamó a su palacio y le encargó la construcción
      de un edificio que sirviera a la vez de residencia y de prisión a su hijo el
      Minotauro, nacido de la unión de su hija Pasifae con un toro. Este monstruo
      tenía la cabeza de toro y se alimentaba de carne humana.
      La construcción fue llamada El Laberinto de Creta, y era un lugar de donde resultaba imposible escapar.
      Al terminar la obra, el rey Minos prohibió a Dédalo y a su hijo salir de la
      isla, para que no se divulgase el secreto que sólo Dédalo poseía de cómo
      escapar de aquella fortaleza.
      Pero Dédalo no se dio por vencido, e ideó un medio de escapar a la
      prohibición del rey.
      "Los hombres no tienen alas. Pero nosotros las construiremos, y entonces
      podremos volar". Al principio, Icaro encontró osado el plan de ese genial
      arquitecto que era su padre. Pero luego, a su lado, pronto empezó a buscar un medio de construir las alas que los salvarían. El primer paso consistió en coleccionar plumas de aves, separándolas según los tamaños. A continuación, las ataron con hilos de lino, colocando cera debajo de ellas, para que quedasen adheridas.
      Finalmente la obra está lista. Dos enormes pares de alas blancas esperan a Dédalo, el padre, e Icaro, el hijo, para llevarlos en un largo viaje, por
      los cielos de Grecia. Con tiras de cuero, el Arquitecto amarra a su cuerpo
      el ingenioso aparejo. Icaro sigue su ejemplo. Y ambos saltan al infinito.
      Los primeros momentos del vuelo son penosos. Los cuerpos no encuentran equilibrio exacto, y el viento los estremece. Preocupado, el padre recomienda cariñosamente a su hijo que vuele siempre a una altura media: ni demasiado bajo, para no hundirse en el mar, ni demasiado alto, no fuera el sol a quemar sus frágiles plumas.
      Dédalo lleva la delantera, mostrando al hijo el camino. El viento favorable
      los ayuda en la difícil empresa. Pero Icaro, deslumbrado por la belleza del
      firmamento y con la música de los pájaros, no repara y cobra altura poco a poco. Hasta que llega un momento en que los rayos ardientes del sol,
      ablandan la cera con que las plumas estaban pegadas. Las alas empiezan a deshacerse. Y el cuerpo de Icaro cae al mar.
      Cuando Dédalo mira hacia atrás, no encuentra a su hijo. En la mansa
      superficie de las aguas, dos alas blancas flotan perdidas, tan perdidas como el sueño de vivir la libertad.
      Su padre conteniendo su infinita desesperación, busca el cadáver de su hijo, sobrevolando mil veces el lugar donde cayera, pero sólo las alas blancas, señal de la muerte del joven, flotan deshechas en el mar. (Una variante de la leyenda dice que encontró el cuerpo del hijo y le dio sepultura en el mediterráneo.)
      El pueblo de la isla se apiada del pobre Dédalo. Al escultor descendido a
      tierra ya casi no le importa nada, aunque Minos sigue con sus ideas de
      Venganza, pero a él no le importa. Como una sombra camina entre los
      arbustos, como un poseso.
      Después ve a la multitud que lo sigue, apenada, le ofrecen un barco para que
      reanude su interminable fuga.
      En medio del dolor, vuelve a él el impulso de vivir. Dédalo acepta el
      ofrecimiento. Y, después de días y semanas en pleno mar, llega a la isla de
      Trinacria (Sicilia), donde su fama lo había seguido.

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