6th Dec 2007

  1. Sign in
    1. Iglesia San Martín de Tours
      Un hecho sumamente curioso llevó a que San Martín fuera designado patrono de la capital argentina. En junio de 1580, a poco de fundada la ciudad por segunda vez, sus autoridades, encabezadas por los cabildantes, los alcaldes de Hermandad, y los representantes del clero, se reunieron en el Cabildo para designar al Santo bajo cuya protección iban a colocar al incipiente poblado.
      En la oportunidad, se pusieron los nombres de los “candidatos” dentro de una galera y llamaron a un niño para que extrajera uno. El nombre que salió fue el de San Martín de Tours, a lo que las autoridades hispanas pusieron “peros”. “¡Un santo francés jamás!”. La operación se repitió y el nombre de Martín volvió a salir consecutivamente dos veces más. No quedaron dudas de que el Santo de las Galias debía ser el patrono de Buenos Aires.
      Francisco Luis Bernárdez
      Estampa de San Martín de Tours, patrón de Buenos Aires
      El soldado Martín detuvo su caballo y se quedó mirando al mendigo
      que le pedía una limosna por el amor de Nuestro Señor Jesucristo,
      y vio que tenía los ojos de los que han llorado y llorado desde niños,
      y vio que tenía los pies de los que no conocen sino este camino,
      y vio que tenía la boca de los que no han dicho palabras de cariño,
      y vio que tenía la frente de los que no saben dónde hallarán arrimo,
      y vio que aquel cuerpo sediento y hambriento estaba casi aterido de frío,
      y vio que el alma de aquel cuerpo también carecía de alimento y abrigo.
      El soldado Martín detuvo su caballo y, después de mirar al mendigo,
      contempló la dulce campiña, los árboles, los pájaros, el cielo y el río,
      feliz cada cual en su mundo; feliz cada cual en sus límites estrictos,
      feliz cada cual en el orden impuesto a las cosas por el dedo infinito,
      y aunque Martín aún no había recibido las santas aguas del bautismo,
      que lavan el entendimiento para que refleje los misterios divinos
      (aunque Martín era soldado de Roma todavía no lo era de Cristo),
      comprendió toda la miseria, comprendió todo el horror del hombre caído,
      y comprendió también que aquella debilidad provenía del hombre mismo
      y no de Dios, que todo, todo, lo había creado fuerte, feliz y limpio.
      El soldado Martín detuvo su caballo, y, volviendo a mirar al mendigo,
      pensó en el valor que tendría la naturaleza humana en el plan divino,
      pensó en el valor que tendría la naturaleza de aquel ser desvalido,
      cuando, para restaurarla, fue menester que lo grande se hiciera chico,
      que lo infinito se volviera finito, que lo eterno tuviera principio,
      que la causa se hiciera efecto, que lo absoluto se volviera relativo,
      que se ofreciera en sacrificio nada menos que la Palabra de Dios vivo;
      y al pensar en esto el soldado, no teniendo con qué socorrer al mendigo,
      como aquella causa era justa, desenvainó la espacia que llevaba al cinto,
      rasgó por el medio su capa, le alargó la mitad y siguió su camino,
      llevando la otra mitad para cubrir espiritualmente al pueblo argentino,
      que, con el andar de los años, había de nacer aquí, donde nacimos.

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