19th Aug 2008

  1. Sign in
    1. 5:22 am
      Estoy en un hotel y no traigo pantalones... Eso me pasa por entrevistar a un cantante sin conocerlo. ¿Qué hacer?...

      5:37 am
      Comerme unas Chokys y las M&MŽs de cacahuate del servibar.

      6:16 am
      Ya amaneció... El cielo pasó de un azul intenso a un incendio naranja con rasgaduras lilas... Ahora que lo pienso, así fue Bunbury, de un color distinto cada vez.

      1. Gris azulado
      Un día lluvioso me llamaron de Complot para invitarme a entrevistar gente para su revista. En retrospectiva (y ante esta amenazante página en blanco), no entiendo por qué no les dije: “Yo no soy periodista.” La verdad es que, en ese momento, se me hizo agua la mente imaginando distintas personalidades: escritores, políticos, artistas y hasta el Finito López (gloria del boxeo nacional) pasaban por mi mente, cuando escuché: “¿Conoces a Enrique Bunbury?” Dioses del Olimpo... “¿Quién?” Hice un rápido escaneo por el disco duro de mi memoria que no produjo ningún resultado. El mini sondeo telefónico que hice con mis amigos después, tampoco. Eso era meterme en un berenjenal, era apresurado, no lo conocía… acepté.
      Complot me mandó un dossier con entrevistas a Bunbury, fragmentos biográficos y la transcripción de algunas de sus canciones. De su música no conocía nada (salvo una rola que ahora sé que es de él, pero que no me gustaba mucho). Construí a Bunbury en mi mente, con sus palabras y con una imagen melancólica de él sentado en un escalón donde no se le ve la cara (la única foto que venía)… Luego lo conocí.

      2. Más tarde… niño con voz azulada

      Bunbury llega a la entrevista corriendo y muy apenado; es flaquito, tiene bucles y cara de niño. No es que se vea inocente, sino más bien frágil. Hay gente a la que se le ve en los ojos que es amiga del dolor… Bunbury es de ésos. Es muy tímido, pero cuando le confieso que no tengo idea de quién es algo en él se relaja. Zarpa entonces el barco de la conversación… Y empezamos a hablar de su infancia...
      La celebridad temprana de Bunbury no estaba basada precisamente en el carisma: lo corrieron de cinco colegios, se llevaba fatal con su familia y le decían “Contra”, porque le gustaba “llevar la contraria, independientemente de si creía o no que la otra opción era válida.” (“Necios”, les decimos en mi pueblo.) Me platica de esa época, pero no en el clásico alarde rockero de “yo era tremendo”. De hecho, cuando me dice: “Les tocaba las pelotas a los profesores, a los colegios, a mis padres y a todo el mundo”, en sus ojos hay más tristeza que orgullo.

      Le pido que me comparta una certeza, pero sacársela es más difícil que sacarle información a un espía chino: “Contra” se siente atrapado, una certeza va en contra de su filosofía de cuestionarlo todo. Finalmente dice: “El amor… es bueno, el odio es malo.” Bunbury habla más como académico que como rockero y me mira como apenado de lo elemental que suena… Pero las certezas son así, simples… Y yo además, lo comparto.
      Miente y lo cacho. Le dice al mesero que es alérgico a la mantequilla, pero yo —que hice mi tarea— sé que es vegetariano... De segundo plato pide un pescado. Se da cuenta de mi confusión y me explica que nada en él es definitivo, que constantemente se cuestiona y cambia de parecer, que “lo de ‘Contra’ —advierte— es también contra mí mismo”. Le digo que debe de ser cansadísimo vivir así, que con razón está tan flaco… Se me queda viendo sorprendido un segundo (“ya me odió”, pienso). “Sí, ¡eshtoy agotao!”, dice riéndose y yo, en silencio, celebro que pueda reírse de sí mismo. Luego me río yo de él (es un tragicazo tremendo), cuando, después de zamparse el primer bocado de escamoles, me suelta: “Eshto ez un genocidio”. A mí nadie me arruina un taco... Le digo que no sea dramático y que los disfrute. Lo hace y le gustan mucho. Mientras come y contesta, lo miro; puedo hacerlo sin pudor, porque él evita mirarme todo lo que puede.

      Tiene las uñas negras a medio despintar y me da ternura imaginármelo solo en el recreo de otra-escuela-más. La soledad no se despinta nunca y a Bunbury se le asoma todo el tiempo. Cuando recuerda su adolescencia, usa un solo adjetivo para describir ese periodo: terrorífico. “Conseguí hacer desaparecer de mi espíritu toda esperanza humana”, escribió Rimbaud a la misma edad en Una temporada en el infierno. Pero a Bunbury, un encuentro se la trajo de regreso: al hablar de su abuelo se le ablanda la vista... En su voz ronca y nublada sale el sol cuando me habla de él, un pintor revolucionario que estaba contra Franco, que huyó del país, que estuvo en la cárcel, que era amigo de Picasso y que fue la primera persona en entender la rebeldía de
      Bunbury, en quererlo sin cuestionarlo. Se fue a vivir con él a los diecisiete años y la vida le cambió: “Éramos los solteros de oro”, dice. Y entonces el rockero de uñas negras —que puede hacer una disección aguda del panorama político en Latinoamérica o enfrascarse en una disertación acerca del concepto del arte— se vuelve un escuincle de diez años fascinado ante ese hombre que “contaba historias de romanos y del Moulin Rouge, con todas las bailarinas”.

      Se va un momento a la isla de sus recuerdos y me dice desde ahí: “Es la persona que más me ha influido en la vida, para ser como soy, para hacer la música que hago y para decir las cosas que digo.” Le pido que busque en la arena una anécdota que me ilustre al personaje. Me cuenta que en la España mocha de Franco, su abuelo vivió cuarenta y nueve años en unión libre con su abuela; no se casaron jamás y estuvieron juntos hasta que ella murió. Ahora soy yo, Paty Llaca, quien se va a la isla… pienso que mi relación más larga fue de cuatro años...

      Me doy cuenta de que hay una grabadora y de que esto es una entrevista y no una charla de cuates, cuando le suelto la pregunta sobre cuál ha sido su relación más larga. Se hace un silencio… Yo también me callo cuando siento que un periodista quiere colarse por una grieta de mi intimidad… Trato de salir del atolladero y disculparme, quitándole lo amenazador a la pregunta: “No me digas con quién, dime sólo cuánto tiem…” “Catorce años, con mi ex-mujer”, revira Bunbury honesto y súbitamente confiado. Me platicó de ella, de la despedida y de ese adiós que sé que aún le duele… Pero no voy a escribir eso aquí. Todos tenemos una herida vieja que aún sangra (todos los afortunados) y siento que Bunbury se abrió porque yo también le conté de una ruptura y de lo revelador que había sido el proceso (no quiero traicionar ese instante de amistad). Si los corroe la curiosidad y quieren oír la voz de esa herida fresca, compren su disco pasado, Flamingos, o el nuevo, El viaje a ninguna parte, donde ha decidido tocar el tema “por última vez”, para no volver a hablar de ello jamás.

      Durante dos horas surcamos los anchos mares, hacia ningún lugar… A esas alturas Bunbury ya me cae perfecto y no puedo evitar sentir una ternura profunda por él. (Por cierto, cuando nos enteramos de que, después de nuestra conversación, Bunbury dijo en una entrevista: “Patricia Llaca es el espejo de Afrodita y el soplo de Palas Atenea”, mi ego y yo quisimos que le dieran las llaves de la ciudad o, mínimo, le prestaran el Palacio de Bellas Artes para cantar… Pero eso fue después…) Al terminar la entrevista yo no sabía siquiera si le había caído bien. De todos modos, deseé de corazón que su concierto fuera un éxito y que, ojalá, se llenara… No necesitó de mis buenos deseos.

      3. Morado subido
      Bunbury llenó durante tres días el Teatro Metropolitan. Yo me fui de viaje y llegué (aunque suene de película) en la última estrofa de la última canción. Lo veo en el escenario bañado en luz morada y no lo reconozco: pantalón a la cadera, torso desnudo y look a la Jim Morrison. En los ojos de las fans se enrosca la lujuria y, en los míos, el estupor… Un Bunbury explosivo se desgarra y un coro de tres mil personas se une a su lamento: “El mismo dolor...”, gime la última estrofa. Luego se apaga la luz y se lo traga. El aplauso es atronador.

      4. Pavo real transparente
      Termina el concierto y me meto en las entrañas del circo. Sus técnicos desmontan y recogen el equipo; es como presenciar el desmembramiento de un monstruo… Aún no puedo creer que el cuate flaquito y dulce de la entrevista sea la cabeza. Hace unos días yo pensaba que Bunbury era un cantante medio hippie, medio músico trashumante, un atormentado talentoso para escribir… Ahora su gerente de producción piensa que soy una fan colada.
      A estas alturas, quien lee esto debe ubicarse ya en alguna de las siguientes categorías: a) Los que conocen a Bunbury; b) Los que no. Para estos últimos: Bunbury es de los artistas a los que ¡les jalan el pelo! (Luego me entero de que hasta se tuvo que cambiar de hotel porque lo encontraron las fans.) Por eso lo cuidan tanto; por eso checan y consultan antes con él, para saber si es cierto que me invitó y que lo conozco.

      Lo primero es cierto, lo segundo descubro que no. No es sólo que la imagen jugosa del escenario contraste radicalmente con la del hombre exprimido, de cara demacrada y ojos rojos por el desmaquillante que me recibe en su camerino. Es que Bunbury es otra persona. Gregorio Samsa (el personaje de Kafka en La metamorfosis) se transforma una vez… Desde que lo conozco, Bunbury se ha transformado dos. Del niño desvalido de voz gris azulada al macho desgarrado del escenario, y de ahí a este personaje nuevo que me saluda muy cariñoso.
      Le digo que me da un gusto infinito saber que no represento a la media nacional y que mucha gente lo conoce. Platicamos, me deja que me pruebe su jaque… Parecería que somos amigos, pero yo siento que estoy hablando con un clon de aquel que conocí en el restaurante… Hasta la voz es distinta.
      Supongo que tener a tres mil personas aullando por ti durante dos horas altera a cualquiera. Pero esto no es una simple modificación de personalidad. No hay rastro ya de toda esa timidez, ni de toda esa vulnerabilidad; es como si el sudor le hubiera borrado la dulzura. Ya no titubea, ya no duda, habla mucho, incluso cuando de pronto aborda temas que no domina, tengo que decirle: “Bunbury, yo sé que vienes de ser aclamado, pero ayer no sabías nada de futbol… Y hoy tampoco.” Este Bunbury es muy simpático, muy caballeroso, muy sonriente y muy seguro de sí mismo… Yo extraño al otro. Y me voy de fiesta con éste para ver si entre los tequilas reaparece el de antes. Lo espero toda la madrugada, pero no llega jamás.

      Bunbury se desnuda… entero. El viaje a ninguna parte es su diario, lo compuso mientras viajaba solo por Perú y es uno de los discos más honestos y más vivos que he oído últimamente. Habla de un hombre que se busca en un viaje, que rememora su travesía vital, añorando a ratos el pasado, para luego rendirse gozoso ante el presente (que de eso se trata viajar). Se va desenredando en nuevos encuentros y en viejos dolores... Hay mucho adiós, mucha añoranza y mucha de esa soledad que no se despinta. Sin embargo, no es un disco triste. Bunbury invoca a sus demonios en una orgía de luna, charango, guitarra, saxo, prostitutas, acordeón, alcohol, celos, violín y güiro. Es un disco hermoso. Pero no entiendo aún por qué Bunbury hace ese acento como de Madrid-Missouri (mi mamá que lo oyó de lejos, piensa que canta en inglés), no entiendo por qué un hombre que se canta a sí mismo no usa su voz. Desde la bocina me explica: “Canto porque me levanto siempre con las mismas penas, con las heridas abiertas que siguen sin cicatrizar.” Es quizás por ese dolor, como un aroma impregnado en el alma, que Bunbury se inventa otros personajes. Y yo, que iba a entrevistar a uno, me topé con tres.

      8:17 am
      Quiero meterme en sus brazos, no pensar... rendirme. Bunbury está por toda la cama... aunque no está aquí (¡aquietad vuestro corcel, mentes febriles!), estoy sola... Perdí las llaves de mi casa, me quedé en un hotel y no traigo pantalones, porque no me gusta dormir en jeans. La cama está llena de mis notas sobre Bunbury, pero los brazos que yo anhelo son los de mi único amante desde hace meses... Morfeo.

      GRACIAS A TODOS LOS ABAJO FIRMANTES :)
      FELIZ MARTES

      BUNBURYHEROES ROCKS :)

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