9th Mar 2008

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    1. Hace mucho tiempo, vivía en el fondo del mar una sirena llamada Amara, esposa del genio del mar. Amara solía subir a la superficie y tenderse en alguna roca desde la que pudiera contemplar la ciudad, a lo lejos. Le gustaba especialmente hacer esto de noche, cuando las luces de la ciudad casi eclipsaban a las estrellas del cielo. Envidiaba a los habitantes de la ciudad que tenían siempre esa luz que no se encontraba en el fondo del mar, y podían sentir en sus rostros el viento, el sol, la nieve... cosas que a ella le estaban vetadas. Así, decidió que, de tener una hija, no la privaría de esas sensaciones . Poco tiempo después Amara fue madre de una hermosa criatura. Con gran dolor en su corazón, pero a la vez satisfecha por brindarle esa oportunidad, trasladó a su hija a una montaña cercana a la ciudad, en la que se alzaba un templo. Y allí la dejó, sobre las escalinatas y le regaló uno de esos besos que sólo dan las sirenas y los seres mágicos… Abajo, en el pueblo, vivía un matrimonio que se dedicaba a la elaboración de velas que luego los peregrinos llevarían al templo. Como su negocio iba muy bien, decidieron ir al templo a agradecerle a su dios los bienes que les había dado. Así, cogieron dos velas y se dirigieron hacia el templo, donde hicieron su ofrenda. A la vuelta, bajando por las escaleras, creyeron oír un llanto débil. Buscando el origen del sonido, no tardaron en encontrar a la pequeña recién nacida, y conmovidos, la recogieron. Cuando le quitaron la manta que la envolvía descubrieron asombrados que no era como las otras niñas: la mitad inferior de su cuerpo era como la cola de un pez, recubierto de escamas brillantes; era una sirena. Así pues, la llamaron Umiko, que quiere decir "la hija del mar". Pasó el tiempo, la niña creció y llegó a hacerse una mujer de extraordinaria belleza. Umiko despertaba pasiones entre todo el que la observaba. Ella se sentía incómoda por el efecto que causaba en los otros, por lo que pidió a sus padres adoptivos ser quien fabricara las velas, y de ese modo no tener más contacto con los demás que el estrictamente necesario. Y así pasó a encargarse de esta tarea, añadiendo además a las velas que hacía hermosos dibujos de pájaros y flores y sobre todo paisajes marinos que le venían a la mente. El número de compradores aumentaba sin cesar y además se extendió el rumor de que esas velas eran eficaces talismanes si uno quería emprender un viaje en barco. Un día apareció en la tienda un mercader que pidió conocer a la creadora de las velas que compraba. Al ver a Umiko, pensó que sería un gran negocio exponerla al público y quiso comprársela al matrimonio. Al principio ellos se indignaron, pero tal fue la insistencia del mercader que al final se la vendieron por una fuerte suma de dinero. Cuando Umiko se enteró les suplicó que cambiasen de idea, pero de nada sirvieron sus lamentos; el trato estaba cerrado. Uniko pasó la noche pintando su última vela. A la mañana siguiente había un carro con barrotes preparado para llevársela hasta el puerto, donde tomarían un barco que les llevaría al continente. Partieron, y en la casa quedó el matrimonio intranquilo, presintiendo que habían actuado mal y que un peligro se cernía sobre ellos. Llamaron a la puerta, abrieron y apareció una mujer vestida de blanco que quería comprar una vela. Dándole a elegir, ella escogió precisamente la última vela que Umiko había pintado… Echándoles una última mirada pagó y se fue al templo, en cuya escalinata dejó la vela encendida. La vela brilló con una luz inusualmente fuerte. Enseguida, una horrible tempestad empezó a azotar la costa. El barco en el que viajaban Umiko y el mercader intentó volver al puerto, pero una enorme ola lo precipitó al fondo del mar. Mientras el barco se hundía, la última imagen que vio el mercader fue la de una mujer de blanco, con cola de pez, que se llevaba a Umiko de la mano. Era Amara rescatando a su hija. Tras la tempestad, el pueblo quedó borrado del mapa, resistiendo sólo el templo y su escalinata. Y no hace mucho aún se vendían en algunos pueblos japoneses unas velas pintadas que recordaban mucho a las que pintara Umiko, la hija del mar, y que los marineros seguían encendiendo antes de emprender cada travesía...

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