11th Jun 2008

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    1. AUTOR: Jose Mauro Vasconcelos
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      2 UNA CIERTA PLANTA DE NARANJA-LIMA ...
      ***

      Fue mamá quien tuvo la idea.
      -Hoy todo el mundo va a ver la nueva casa.
      Totoca me llamó aparte y me avisó en un susurro.
      -Si llegas a contar que ya conocemos la casa, te hago polvo.
      Pero yo ni siquiera había pensado en eso.
      Era un mundo de gente por la calle. Gloria me llevaba de la
      mano y tenía órdenes de no soltarme ni un minuto. Y yo llevaba de
      la mano a Luis.
      -¿Cuándo tenemos que mudarnos, mamá? Mamá le respondió a
      Gloria con una cierta tristeza.
      -Dos días después de Navidad hemos de comenzar a arreglar
      los trastos.
      Hablaba con una voz cansada, cansada. Y yo sentía mucha
      pena por ella. Mamá había nacido trabajando. Desde los seis años
      de edad, cuando construyeron la Fábrica, la habían puesto a
      trabajar allí. La sentaban encima de una mesa y tenía que quedarse
      allí limpiando y enjuagando las herramientas. Era tan chiquitita que
      se mojaba encima de la mesa porque no podía bajar sola. . . Por
      eso nunca fue a la escuela ni aprendió a leer. Cuando le escuché
      esa historia me quedé tan triste que prometí que cuando fuese
      poeta y sabio le iba a leer todas mis poesías.
      Y la Navidad ya se anunciaba en tiendas y mercerías. En todos
      los vidrios de las puertas ya habían dibujado a Papá Noel. Algunas
      personas compraban postales para que cuando llegase la hora no
      se llenasen demasiado las casas de comercio. Yo tenía una lejana
      esperanza de que esta vez el Niño Dios naciera. Pero que naciera
      para mí. A lo mejor, cuando llegara a la edad de la razón, tal vez
      mejorase un poco.
      -Aquí es.
      Todos quedaron encantados. La casa era un poco más chica.
      Mamá, ayudada por Totoca, desató el alambre que sostenía el
      portón y todo el mundo se lanzó hacia adelante. Gloria me soltó y
      olvidó que ya estaba haciéndose una señorita. Se precipitó en una
      carrera y abrazó la "mangueira"*.
      *Árbol frutal que da la manga (N. de la T)
      -Esta es mía. Yo la agarré primero. Antonio hizo lo mismo con
      la planta de tamarindo. No había quedado nada para mí. Casi
      llorando miré a Gloria.
      -¿Y yo, Gloria?
      -Corre al fondo. Debe de haber más árboles, tonto.
      Corrí, pero sólo encontré el yuyo crecido. Un montón de
      naranjos viejos y pinchudos. Al lado de la zanja había una pequeña
      planta de naranja-lima.
      Estaba desconcertado. Todos estaban mirando las habitaciones
      y determinando para quién sería cada una.
      Tiré de la falda a Gloria.
      -No hay nada más.
      -No sabes buscar bien. Espera aquí que voy a encontrarte un
      árbol.
      Al rato vino conmigo. Examinó los naranjos.
      -¿No te gusta aquél? Es un lindo naranjo. No me gustaba
      ninguno. Ni siquiera ése. Ni aquel otro, ni ninguno. Todos tenían
      muchas espinas.
      -Para quedarme con esos mamarrachos, antes prefiero la
      planta de naranja-lima.
      -¿Cuál?
      Fuimos hacia donde estaba.
      -¡Pero qué linda plantita de naranja-lima! Mira, no tiene ni
      siquiera una espina. Y tiene tanta personalidad que ya desde lejos
      se sabe que es naranja-lima. ¡Si yo tuviera tu estatura no querría
      otra cosa!
      -Pero yo quería un árbol grandote.
      -Piensa bien, Zezé. Es muy pequeño todavía. Con el tiempo
      será un naranjo grandote. Así crecerán juntos. Los dos se van a
      entender como si fuesen dos hermanos. ¿Viste la rama que tiene?
      Es verdad que es la única, ¡pero parece un caballito hecho para que
      montes en él!
      Me sentía el ser más desgraciado del mundo. Recordaba lo
      ocurrido con la botella de bebida que tenía la figura de los ángeles
      escoceses. Lalá dijo: "Ese soy yo"; Gloria señaló otro para ella;
      Totoca eligió otro para él. ¿Y yo? Finalmente me tocó ser esa
      cabecita que había atrás, casi sin alas. El cuarto ángel escocés, que
      ni siquiera era un ángel entero. . . Siempre tenía que ser el último.
      Cuando creciera iban a ver. Compraría una selva amazónica y todos
      los árboles que tocaran el cielo serían míos. Compraría un depósito
      de botellas llenas de ángeles y nadie tendría ni siquiera un trozo de
      ala.
      Me enojé. Sentado en el suelo, apoyé mi enojo en mi planta de
      naranja-lima. Gloria se alejó sonriendo.
      -Ese enojo no dura, Zezé. Acabarás descubriendo que yo tenía
      razón.
      Agujereé el suelo con un palito y comencé a dejar de lloriquear.
      Habló una voz, venida quién sabe de dónde, cerca de mi corazón.
      -Creo que tu hermana tiene toda la razón.
      -Todo el mundo tiene siempre toda la razón; el único que no la
      tiene nunca soy yo.
      -No es cierto. Si me mirases bien, acabarías por darte cuenta.
      Me levanté, asustado, y miré el arbolito. Era raro, porque
      siempre conversaba con todo, pero pensaba que era mi pajarito de
      adentro que se encargaba de arreglar las conversaciones.
      -¿Pero tú hablas de verdad?
      -¿No me estás escuchando?
      Y se rió bajito. Casi salí gritando por la quinta. Pero me
      sujetaba la curiosidad.
      -¿Por dónde hablas?
      -Los árboles hablan por todas partes. Por las hojas, por las
      ramas, por las raíces. ¿Quieres ver? Apoya tu oído aquí

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