6th Aug 2008

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    1. De botellero a sucesor de Riquelme

      El pibe que eligió Ischia para reemplazar a Román vive en José C. Paz, hasta hace poco se ganaba la vida como podía y dice: "Si tengo 20 pesos, un millón o treinta, voy a seguir siendo el mismo".

      Dos burros buscan algo parecido al pasto en una vereda que sólo ofrece tierra. Hay que esquivar a esa pareja de animales sin respuestas a su apetito para llegar hasta la esquina. Allí, una señora envuelta en un delantal que alguna vez fue blanco se asoma desde una casilla. La pizarra no miente, aunque no se vean frutas ni hortalizas: es una verdulería. "¿A quién buscan? ¿Al jugador de Boca? Ah, sí. Vive cuatro cuadras para allá", señala sin hoja de ruta. Y al cabo de unos metros de gambetear pozos y perros de ladridos eternos, se encuentra el hogar de Cristian Chávez, Pochi o el Gordo, como lo conocen aquí, en San Atilio, un barrio de carencias pero habitado por gente humilde, laburante. Sí, este es el lugar en el mundo del pibe de 22 años que ahora será el reemplazante de Juan Román Riquelme.

      "Pasen, pónganse cómodos", invita el enganche y abre la puerta de una casa que resulta un santuario futbolero. En las paredes no hay pinturas, pero sí jugadores que hicieron obras de arte con sus pies: Maradona, Riquelme y Palermo, todos abrazados a Chávez. El mate y una docena de facturas esperan sobre una mesa. Manuel, el padre, aprieta la mano con fuerza. Está vestido con un jogging de Boca que se le ajusta al cuerpo. Cuenta que se vino de Santiago del Estero, que jugaba descalzo en un monte y que no puede creer que su hijo esté en la Primera de ese equipo que seguía a través de una radio a transistores.

      "Mis viejos son mi vida. Siempre se jugaron por mí. Por eso todo lo que gano, es para ellos. Porque cuando yo no tenía plata para entrenarme ni para las zapatillas, mi papá y mi mamá sacaban dinero de dónde no había. Hace algunos inviernos, por ejemplo, tuvieron que vender una salamandra que habíamos comprado para no pasar frío. Y todo para que yo pudiera tomarme el colectivo para ir al entrenamiento", refleja Pochi. Y camina con Clarín en una recorrida por esos rincones que forman parte de su identidad. "En esta cancha juegan mis amigos", dice con entusiasmo juvenil. Se llama Santa Catalina y su dueño es presentado como Caníbal. Difícil animarse a preguntar la razón del sobrenombre, aunque el hombre saluda con cortesía. Pero enfrente, cruzando la ruta, es el lugar exacto donde Chávez empezó a enamorarse de la pelota: un terraplén donde apenas está erguido un arco construido con ramas.

      "Un tiempo jugué por plata. Habíamos armado un equipo con gente grande. Yo tenía 12 años y el más chico de mis compañeros, 27. Eran partidos terribles", recuerda. Pero al Pochi lo tentaba algo más. Y se fue a probar a Defensores de Belgrano. "Hice dos goles, pero nunca me volvieron a llamar", se lamenta. Entonces, en su vida apareció Atlas cuando todavía no era un reality. "Tenía 15 años. Debuté con un gol a Urquiza y metí otro clave cuando nos salvamos de la desafiliación ante Defensores Unidos de Zárate", se jacta. El presidente del club de General Rodríguez era Hugo Perotti, puntero izquierdo azul y oro en 1981. "Si te entrenás bien, te voy a llevar a Boca", le dijo el Mono. Pero al final su mamá, sin recomendación, lo llevó. Fue con pantalones largos y zoquetes. Y pasó una prueba entre 300 pibes ilusionados. ¿Quién iba a decir que poco tiempo después iba a compartir cartel con Palermo, Riquelme y compañía?

      -¿Cómo hacés para que la nueva vida no te coma la cabeza?

      -Tengo las cosas claras porque mucha gente, en especial mi viejo, me habla. No me olvido de donde salí. En Navidad, yo salía a juntar las botellas de la sidra que se habían chupado la noche anterior para venderlas y ganarme unos mangos. Fui botellero, sí. Y también, albañil. Si tengo 20 pesos, un millón o treinta, voy a seguir siendo el mismo. No me va a cambiar tener un peso más. Aunque me ofrezcan autos, yo sigo tomando el colectivo o el tren.

      Cuenta que un día lo reconocieron y tuvo que firmar autógrafos: "Me dio una vergüenza...". No quedan dudas de su timidez cuando le pide al cronista hablar en el patio para que no lo escuchen sus padres, esos que, para él, son tan importantes como Palermo: "Es mi segundo papá. Cuando estoy en el departamento que el club me alquila, me pasa a buscar. Me aconseja mucho. Si no lo escucho, soy un boludo. ¡Me está hablando Martín Palermo, ídolo de Boca! ¿Cómo no le voy a hacer caso? En junio me llevó a jugar con Ronaldinho y Messi y yo no podía creer qué hacía ahí. Después, fuimos a El Calafate. Fue la primera vez que me pude ir de vacaciones".

      -Ischia te eligió para jugar por Riquelme. Qué momento, ¿no?

      -Voy a hacer todo para que el equipo y la gente no sientan la ausencia de Román. Y las cosas pueden salirme bien o mal, pero voy a dejar hasta lo último que tengo en la cancha.

      Tiene un fan club. "Pensar que antes me sentaba en el caño de la puerta de mi casa y nadie m

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