28th Nov 2007

  1. Sign in
    1. ¿No podré yo hacer con vosotros como este alfarero, casa de Israel?, dice el Señor. Como el barro en manos del alfarero, así sois vosotros en mis manos, casa de Israel. (Jeremias 18:6)

      Y una vez más deshizo la obra de sus manos, no había logrado encontrar en ella el sentido perfecto de su creación. El Alfarero volvió a empezar, podría acaso el barro ser algo distinto a lo que el Maestro quiere. Había muchas piezas en el taller. Entre todas sobresalían unas excelsas. “Esas no están para la venta, no son comunes”, y no lo eran. Todas sin lugar a dudas eran perfectas, pero aquellas eran singularmente bellas. Su colección privada, los moldes únicos.

      - Qué son esas – pregunté - y porqué no están para la venta.
      - Esas son de mi colección - dijo el Alfarero sin levantar la vista - son las que se dejaron moldear.
      - Y porque no están para la venta - insistí.
      - Cumplieron su propósito, están ahí para que todos vean que son mi creación perfecta.
      Una y otra vez observé con cuidado cada detalle, cada pequeño rasgo. Es posible la perfección, esas piezas tenían un brillo propio, único. No habría podido elegir la más bella. Había algo en la explicación del Alfarero, “son las que se dejaron formar...”, qué significaba aquello, no tiene acaso el Alfarero el control. Hay alguna pieza que no se deja trabajar.

      - Qué ocurre con las otras, con las que no se dejan moldear – pregunté al Alfarero, quien me miró con esos ojos profundos. Supo todo de mí en ese instante. - Las otras están en la parte de atrás.

      En la parte de atrás había un campo muy extenso. Estaba lleno de figuras sin terminar, vasijas rotas en un inmenso muladar. Aún esos fragmentos, si acaso se pudieran unir, no formarían entre ellos una sola pieza aceptable. Estaban llenas de pequeños vicios. Tenían formas horribles. Desagradables y repulsivas a la vista eran todas esas vasijas, no había una que valiera la pena. La perspectiva de ese campo me lleno de una profunda tristeza. Sin embargo, por alguna razón al observarlas, sentí que todas y cada una de ellas merecieron su fatal destino. Habrían podido en otro tiempo ser de la colección privada del Alfarero.

      - Están ahí para que todos vean que no sirvieron – el Alfarero continuaba su trabajo.
      - Porqué no sirvieron
      - Tengo un plan para cada una, un propósito. Quiero que estén en esta colección privada. Sin embargo, una vasija tiene su propia voluntad. Si el barro más duro se deja quebrantar, podrá ser algo, yo puliré cada pequeño detalle, le daré un carácter, le daré vida. Matizaré cada rasgo, como en estas, quitaré lo que sobra y le daré belleza.
      - No puedo creer que una vasija de barro tenga voluntad.
      - Es mi deseo que así sea. Pero hay vasijas que se miran, se contemplan, y al creerse mejores, mantienen esas feas características que viste en las de atrás.

      El Alfarero seguía trabajando, no dejó de hacerlo ni un instante mientras hablaba conmigo. Me contó la historia de cada vasija de su colección privada, de sus proezas, de su resistencia, de su nobleza.

      - Listo! - concluyó el Alfarero.
      Era una pieza magnifica, la enviaría a un país remoto, cumpliría su tarea. Algún día volvería y estaría con las otras. El Alfarero entonces me tomó, y una vez más deshizo la obra de sus manos. Rompió una parte de mí para volverla a crear.

      - Pienso que me darás algo de trabajo – dijo con su voz profunda. Entendí que soy barro en sus manos. El Alfarero jamás descansa.

      Y tu cuan moldeable eres o te dejas moldear?....

      Bendiciones

      Pau

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