9th Dec 2009

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    1. Al frente del colegio donde pasé toda mi primaria y gran parte de la secundaria, se erige, desde hace más de cien años, una de las tantas casas haciendas que, en su momento, fueron centros neurálgicos de la vida de mi ciudad en épocas pretéritas. Ahora, derruída por el paso de los años, y parapetada por una desvencijada cerca, es el atractivo de generaciones de niños que han hecho de sus viejos solares fortines para juegos y secretos. En esos muros, hace quince años, en una tarde de bicicletas y carnaval, yo y mis amigos, como lo hicieron otros muchachos décadas atrás, grabamos con piedra cada uno de nuestros nombres; ya saben, el consabido "Luis José estuvo aquí...", "Chini rondó por estas tierras...", "Félix caminó entre ustedes..." y así, todos, con nuestras mejores leyendas, quisimos perennizar en la roca la gesta de aquel día. Son dos los hechos, entre muchos, los que me atan o me hacen regresar siempre por esos lares. En una pasada navidad, concretamente a las once de la noche de un 24 de diciembre de 1995, mi amigo Iván _ Iván Trampas para los íntimos _ me hizo salir de casa poco antes de la Nochebuena, exhortándome para que le acompañe en mi bicicleta a las afueras de La Casa Hacienda. En el trayecto, entre pedaleada y pedaleada, me sorprendió con una confesión. "Luis José, he visto luces rojas brillar dentro de La Hacienda..." "Están fumando adentro seguramente, algún que otro drogo..." dije al llegar a las afueras del recinto. Entonces Iván, haciendo alarde de ese arrojo que a veces lindaba con la suprema y soberana estupidez, dispúsose a atravesar las rejas por las que todos solíamos ingresar ahí. La noche era cortada únicamente por las intermitentes lucecitas navideñas colgadas en los árboles aledaños. Ni un alma a esas horas por esos parajes; obviamente, a diferencia de un par de idiotas, todo el mundo estaba en su casa preparándose para la cena de medianoche. Iván salió inmediatamente. No duró mucho su inspección. La noche y sus sombras, conferían a la vieja casona un aspecto disuasivo para cualquier incursión. Iván estaba alterado. Sin hablar, montó la bici y emprendió el regreso. Como no era muy de mi agrado quedarme solo en ese instante, no dudé en seguir a ese payaso, quien me había hecho perder el tiempo de esa manera. No volví a verle hasta dos dias después. Por mi antiguo barrio es costumbre quedarse con los familiares y visitas durante el 25 y 26, fecha esta última en que recién los mozos salen otra vez a la calle, dispuestos a buscarse y compartir viandas o regalos. Al llegar a la casa de Iván, me dijeron que había salido hace rato, información que también recibí al preguntar en las direcciones de otros amigos. "Deben estar en La Casa Hacienda..." pensé inmediatamente. Y era cierto. Ahí les encontré, reunidos en un semicírculo, en medio del cual, al ir acercándome, pude distinguir a Iván, señalando la pared, la de nuestras inscripciones, al tiempo que su índice dirigíase también a otro epitafio, al pie de la lista, tan reciente como inquietante, y que aún ahora, cuando pasamos por ahí, puede ser distinguido a pesar del raspado que, frenéticos, llevamos a cabo esa lejana tarde de diciembre, cuando después de jurar nuestra inocencia no quisimos que nuestros nombres tuvieran tan atroz epílogo, el cual, paradójicamente, nos hermanaba aún más: "Todos morirán..." En la pic, el viejo John Constantine, a quien uno de estos días invitaremos a firmar en nuestro muro. Música de fondo: El homónimo de mi compadre, sustituye comics por fotonovelas, allá por el orwelliano año de Nuestro Señor de 1984: http://www.youtube.com/watch?v=nrivqafkyqY&feature=related

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